Mitin, yuppies, picniks & God Bless America!

Oxford, Mississippi. Ciudad universitaria del sur de Estados Unidos. Decía mi profesor de periodismo especializado que escribir de memoria no es profesional. Pero digamos que el pez banana no pretende ser muy profesional y que se fía más de sus impresiones en frío. Si es que existen ese tipo de impresiones. O digamos que es una excusa bonita para justificar mi pereza. El caso es que hoy rescato estas fotos y traigo algo de aquel día a esta entrada. No recuerdo la fecha exacta, pero era octubre de 201o. Bill Clinton venía  a dar un mitin a la Ole Miss, la Universidad de Mississippi. 

Mississippi es un Estado conservador marcado por el estigma de la esclavitud. Y eso a pesar, o quizá por ello, de que su población es en gran parte negra (Obama confiaba en que el votante afroamericano le diese el poder de este Estado). Un ejemplo: en la Ole Miss, los negros no tienen fraternidades ni hermandades en el campus. Otro detalle: la mascota de la Universidad responde al típico sureño blanco y justo en aquel octubre decidieron cambiarla por sus reminiscencias, según algunos, racistas. En la votación se decidió que la nueva mascota fuese un oso horrible y sin historia, pero al menos era imposible determinar si era afroamericano o estadounidense de pro. Además, las  las urnas salvaguardaban al nuevo símbolo de la imposición histórica. Eso sí, el color del oso es negro. Y creo que es de Lousiana. En fin, lo importante es que anime a los Rebels, el equipo deportivo de la Ole Miss, para que siga triunfando. Su equipo de fútbol americano ha ganado unas 19 de las 31 finales de liga que ha disputado. De su cantera de baloncesto al menos 8 jugadores han llegado a la NBA.

Otro dato sobre el Estado de Mississippi (y cito a la Wiki). Era de tradición demócrata, en gran parte por su odio al Partido Republicano que abolió la esclavitud tras la Guerra Civil. Hoy en día, vira de nuevo hacia el republicanismo, más conservador. Basta poner Mississippi y republicanos en Google para encontrar algunas cifras. Así que no es de extrañar que en el mitin de aquel día, entre militares, marines, yuppies demócratas colgados del móvil y parapetados tras las gafas de sol y el traje de Armani como recién aterrizados de New York City, y sorrority girls y frat boys hijos de señores feudales de los tiempos modernos aparcando su súper jeeps automáticos en el parking del campus, una gran parte del público fuese población negra (o afroamericana, como gustéis) e inmigrante, apoyando al partido que lucha por sus derechos. Y dicho esto, unas imágenes, que valen más que mil palabras. O eso dicen. (Terminar con un topicazo es un final redondo).

P.D.: Fotos de Bill, ninguna. Mi metro sesenta de estatura, el calor y la gran cantidad de gente protegiendo con su vida su sitio en primera fila me disuadieron de intentar el oportuno acercamiento al que está obligada una reportera aguerrida como yo. Pero en fin, ese día la vocación periodística no estaba en auge. Y a Bill lo tenemos todos muy visto.

 

 

 

Las hermanas Scott estaban en la cárcel desde el 96 por un atraco a mano armada. El atraco fue en el 93. Robaron 11 dólares. Muchos ciudadanos pedían su libertad. Se la concedieron al fin en diciembre del año pasado. Unas de ellas, Jamie, sufría una enfermedad renal. Su diálisis costaba al Estado 190.000 dólares al año por lo que el Gobernador, el republicano  Haley Barbour, decidió excarcelarlas. La condición era que Gladys, la otra hermana, le donase su riñón.

 

Un infiltrado anti demócrata. Travis Childers era el candidato del Partido Demócrata en Mississippi. Fue derrotado en 2010.

La visita del ex presidente supuso un día completo de fiesta. Algunos se lo tomaron como una excursión al campo. Otros aprovechaban para tomar el sol entre alegatos de igualdad y vítores a la patria. Jóvenes festivaleras, jornaleros, picniks bucólicos y una mujerona cantando gospel en el escenario.  

Un break para rezar.

Sorority girls. Están de moda esos pantalones cortos de Nike y todas las chicas del campus los llevan. En invierno, con botas Ugg y calentadores si es necesario. Pero con los shorts. En especial las chicas de las hermandades. En las tiendas de Oxford, siguiendo el rollo yanqui de adorar todo lo relacionado con la universidad de uno (por ejemplo, muchos americanos llevan en la matrícula del coche las siglas del lugar donde estudiaron), se vendían todo tipo de objetos relacionados con la Ole Miss. Además de las tazas, sudaderas y gorras típicas se podían encontrar palos de golf, moldes para muffins, gafas de sol, pendientes, imanes para la nevera, manoplas y un largo etcétera. Pero en Oxford, si ibas de shopping, podías encontrar también miles de pantalones Nike como estos forrando las paredes de las tiendas. De todos los colores. Todos iguales. Un uniforme muy práctico que cumplía su función: uniformar a las chicas. El sábado, cuando sacaban sus mejores galas, se embutían en minifaldas y se subían a sus taconazos estaban irreconocibles. Eso sí. De noche o de pantaloneta, siempre iban maquilladas.

Los yuppies, por ejemplo.

 El entrañable Coronel Reb. Antigua mascota de la Ole Miss sustituída por un oso de Lousiana. Triste final, Coronel.

Buy american!!


A la luz de las hogueras en Tirso de Molina

La pareja de mendigos está sentada en la plaza de Tirso de Molina. Madrid, 15 de mayo. El día en que las manifestaciones multitudinarias a lo largo y ancho de España dieron nombre al Movimiento de los ‘indignados’. Ya son las diez de la noche y aún renquean los últimos estertores de la marcha. Algunos desorientados no se han quedado satisfechos con las consignas. Una humareda negra de basura y contenedores quemados ondea. Las sirenas de los bomberos y de la Policía ahogan las conversaciones. La noche se para un segundo. Luego todo el mundo corre. Unos huyen, otros se acercan desconcertados.  

La pareja de mendigos analiza la situación. Sin inmutarse.

“Esos que corren son los antiglobalización”, dice uno. El otro asimila la lección. El maestro prosigue. “Y esa, ¡mírala cómo corre! Esa es una periodista de paisano. Aquí hay muchos periodistas de paisano y algo saben porque llegan antes que la policía”. El pupilo calla y otorga. La periodista de paisano se mira pensando qué pintas lleva cuando va de frente, de periodista.

Los desbocados corren y sólo se vuelven un minuto, para mirar las llamas extasiados, con las mandíbulas desencajadas, encandilados con su propia lucha.

Para los mendigos esto no es nuevo. Lo han visto tantas veces que les aburre.


Algunas pistas del caso

El hombre al que van a juzgar está sentado en el primer banco de la sala. Con las rodillas juntas y la cabeza gacha, en señal de redención. La calvicie es incipiente pero lleva el pelo ralo y un poco largo. El testigo se sienta en el banco situado justo detrás de él. Delgadito, nervioso, sin estarse quieto ni un minuto. Puede que repasando mentalmente la lección.

Aquellos días, a algunos compañeros de clase y a mi, nos dio por ir a los juzgados de Pamplona, alentados por nuestro profesor de Periodismo literario, para escribir crónicas. Asistimos a varios casos y, de entre todos, hay uno que siempre recordamos mientras tomamos una cerveza. Encontré las notas del cuaderno con algunos diálogos de aquella contienda.

La jueza pide que el hombre se ponga en pie  y él lo hace sin demora. Entrelaza los dedos de ambas manos y separa un poco las piernas. Con gesto alicaído escucha su situación, que la abogada le va dictando con calma. “Sabe usted que estaba en libertad bajo fianza por tres meses en el momento en que sucedió el altercado y que, en su situación, si comete un delito supone pena de cárcel”. El hombre asiente comprensivo, pero se explica.

“Mire, es que no hay delito. Yo sólo estaba bebiendo en la plaza y entonces vino el policía a quitarme la botella”

“Pero, ¿no es cierto que el agente le dijo primero que no bebiese en la plaza, que había niños, y usted desatendió la orden?”

“Mire, es que en la plaza no había niños”

“Pero, ¿no era agosto a las ocho de la tarde?”

“Sí, sería, sería”

“¿Y dice que a esa hora, en agosto, no había niños?”

“Pues igual había algún niño, pero niños, no había”

“O sea, que había niños y usted no dejó la plaza, siguió bebiendo y cuando el policía le dijo por segunda vez que se marchase, le tiró la bot…”

“No, yo no le tiré la botella. Yo soy muy buena persona y no le tiro botellas a nadie. El agente me la quería quitar por la fuerza, y antes de que se la quedase él, la tiré al suelo”

“Pero, ¿se la arrojó…?”

“Yo no la tiré a dar, me la quería quitar, porque mire, yo no tiro el alcohol, como mucho lo reparto”

“Reconoce entonces que la tiró y que pudo dar al policía”

“No pudo darle porque la tiré al suelo, y si quisiera tirársela a él, le habría dado, porque si tiro a dar, tiro a dar”

Es el turno del testigo que, como sacado de las calles de la Barcelona de Mendoza,  se presenta, nervioso, respondiendo con el discurso ensayado para no delatar amiguismo y dar una declaración imparcial dentro de lo posible.

“¿Conoce usted al acusado?”

“Sí, sí que lo conozco”

“¿Son amigos?”

“Amigos, amigos, no, pero le quiero mucho, como a un hermano, porque es muy buena persona y me ha ayudado mucho. Gran bebedor, eso también. Desde el punto de la mañana está con una botella en la mano, pero siempre lo comparte. Es muy buena persona, muy generoso. Pero amigo mío no se podría decir que lo es”

“¿Estaba ebrio cuando tiró la botella?”

“Ebrio podría estar, porque el alcohol le gusta, pero tirarle la botella no se la tiró al policía. La tiró al suelo porque es muy buena persona y siempre que se le pide algo lo da, o lo ofrece sin pedir porque le gusta beber acompañado, pero si se lo quieren quitar, pues eso ya no. Que le roben… ya no”

“¿Entonces admite que estaba ebrio?”

“Sí, con el punto sí que podía estar, pero ebrio, ebrio…”

“Y reconoce que tiró la botella y pudo dar al policía”

“La tiró al suelo y el policía yo no sé como se sintió, pero no iba contra él. Fue sólo para que no le robasen. Si hay que repartir, se reparte. Otra cosa es por la fuerza…”  

La profusa descripción parece satisfacer a la letrada, que da por terminada la ronda de preguntas. Y mirando al acusado, que sigue cabizbajo en el primer banco, asintiendo a la declaración de su compañero de plaza:

“De acuerdo. ¿Hay algo que quiera añadir?”

“Que soy muy buena persona, yo no le hago daño a nadie. Soy un poco bebedor, como ha dicho este señor, pero muy buena persona”

Sentencia y cierre de carpetas.


En la plaza, entre tiendas de campaña

Rashid asegura que tiene 15 años, aunque aparenta 11. Vaga entre las tiendas esparcidas por la Plaza del Teatro Arriaga de Bilbao, buscando un ordenador libre para engullir en Youtube un vídeo musical tras otro. Cuando los ‘indignados’ que lo rodean le piden que, por favor, deje de descargar archivos en ordenadores ajenos, abandona la pantalla en busca de otra. Cuando toca, el cocinero trae sonriente comida al puesto, donde un cartón colgado de la carpa anuncia siempre el mismo menú: Hoy pollo político. Elija usted a un político, échele un poquito de todo lo que tiene, lo mete en el horno y el sólo se va haciendo rico, rico. O algo similar cuyo mensaje es el mismo. Tras la barra, la señora Chelo controla  que coman primero los que están trabajando y después, si llega, los que quedan. Entre los que quedan está Rashid, pero él siempre consigue un plato lleno, si no dos. Rashid parece oler la comida antes de que llegue. Parece que, a pesar de lo que algunos intelectuales de este país opinan, el campamento de los indignados no huele tan mal. Al menos, el hedor que invade los despachos de algunos aunque estos estén a años luz de las andrajosas plazas que tanto critican, parece que no es suficiente como para bloquear el olfato avezado de Rashid.

Rashid es marroquí y habla y entiende un español intermitente. Por ejemplo, cuando alguien le pide que deje de teclear títulos de canciones de moda en un ordenador, mira como si no comprendiera. Pero cuando alguien lleva pizza, se hace entender sin problemas: ”Jamón no”. “Entonces, ¿quieres un trozo de los que sólo tienen champiñones?”, “Sí, sí, eso sí”.  Y posa el trozo en un plato de plástico que siempre tiene a mano. “Rashid, acuérdate de no tirarlo. Llévalo a la cocina para que lo limpien”. Obedece diligente. Cuando le pides algún favor, asiente, pero remolonea un poco antes de abandonar su silla y hacerlo.

A las ocho suele haber asamblea general en el campamento, porque es la hora en que trabajadores, estudiantes, parados, ni nis y todos los acampados, suelen coincidir. Por suerte, los ‘indignados’ están aprendiendo el significado de orden y de consenso, y las reuniones, que muchas veces congregan a unas cien personas, ya no son eternas. Rashid nunca está en las asambleas, pero seguro que son su momento favorito. Cuando la hilera de ordenadores repartidos entre las carpas de comunicaciones y redes queda semi desierta y puede campar a sus anchas.

Ibon se acercó por primera vez al campamento una noche justo a la hora de la asamblea general. Ibon supera los treinta y se declara punky. Acarrea a cuestas una guitarra tuneada con pegatinas viejas. Está desafinada, pero no importa porque no la toca muy a menudo, a no ser que le dé por marcarse un ‘La’ infinito y martilleante al tiempo que grita con ritmo “soy punky, soy punky y vosotros del PP, aaaaah”, sacando la lengua, abriendo mucho sus ojos azules detrás de las gafas y agitando la cabeza. Si le pides que se calle, por favor, que así no se puede uno poner de acuerdo y debatir con tranquilidad, contesta un escueto “yo soy punky y vosotros me mandáis callar, como un partido político”. “¿Eres del PP?”, insiste cuando recupera el aliento. “¿Y si lo soy qué pasa?”, “Nada, yo soy de otro planeta”. Y  dan ganas de contestar, “al menos lo tienes claro”, porque en el campamento a veces uno no sabe a dónde va. Pero luego, uno mira a su alrededor, a todos los que se han embarcado en la aventura y piensa: puede que el mundo no mejore ni un poco y, por supuesto, no va a pararse, pero merece la pena.

De fondo, alguien que sí sabe tocar la guitarra, canta ‘The house of the rising sun’ mientras la lluvia aporrea las tiendas de campaña y moja, poco a poco, la plaza.


Churros y cortinas de humo

Desayunar churros en un bar madrileño y tener la última novela de Mendoza en la mesilla es una buena forma de volver a España. La novela no es ni con mucho la mejor del autor (no en vano ha sido ganadora del premio Planeta, de cuyo jurado un grande como Marsé decidió desertar), pero conserva el sentido del humor de Eduardo Mendoza. Esa gracia con la que se ríe de sí mismo, de nosotros, de España entera, al tiempo que muestra las grandes virtudes de este país de pandereta y honor.

Mendoza conoce el país que describe, y por eso sabe mostrar lo esencial de España. Eso que permanece sea cual sea la época, el partido que gobierne o el sistema político que impere. En resumen, España nunca estará satisfecha con quien manda. En el Madrid de 1936 de Riña de Gatos las calles están agitadas y los debates políticos, inexistentes en el parlamento, se han trasladado a los bares. En el Madrid de ayer por la mañana, empezando el 2011, las calles estaban más tranquilas, si no fuera por el ajetreo de quienes van a trabajar o apuran las últimas compras de los tres de Oriente, pero las barras de los cafés, una vez más, eran un hervidero de mitines y opiniones sobre el rumbo de España. De críticas a su Gobierno y de los desencantos que trae la entrada en un nuevo año, con sus subidas de precios y sus nuevas normas entrando en vigor. Sí, desayunar en Madrid y leer a Mendoza es una buena forma de volver a España, para darse cuenta de que nunca cambia. Y que eso es lo mejor que tiene. Y sin más dilación, como diría el pillo mendociano, me dispongo a transcribir a renglón seguido lo que escuché aquella mañana mientras comía un kilo de churros.

Doce de la mañana y en una cafetería del Paseo General Martínez Campos, tres camareros dormitan en una barra poco frecuentada. Uno es calvo, de unos cuarenta años. El otro rondará los cincuenta y tiene un bigote prominente. El tercero, latinoamericano, roza la treintena. Una parroquiana asidua al local entra. El tema de conversación, como no puede ser otro en la segunda mañana del 2011, es la prohibición de fumar en los bares. El calvo está terminando de engullir un copioso almuerzo e invita a la parroquiana a fumar un cigarro en la calle. “Yo no paso frío por un cigarro. Vamos, te lo digo desde ya, ni de coña”, responde ella decidida. Y prosigue: “Hoy me ha dicho el portero que también van a prohibir la tortilla de patata y el café”. “Hombre, el café porque pone nervioso, y la tortilla porque engorda”, responde el otro con la boca llena, terminando el tentempié. A lo cual, la parroquiana comenta que al final ZP va a ser peor que Franco, porque está prohibiendo más cosas que el caudillo, si cabe. “Yo de política no tengo ni idea”, advierte el calvo, “pero desde luego éste, o se ha equivocado de partido, o tiene que cambiarle el nombre”. “Con los obreros no está, eso ya te lo digo yo”, le explica la parroquiana, más entendida. El del bigote, despierta de su letargo y apostilla: “La tortilla, como es española, seguro que alguno la prohíbe y aquí paz y después gloria”. El latino asiente. El otro, envalentonado por la aquiescencia de su público, prosigue. “Aquí vamos a echar a los que tosan, porque los virus son malos  para el resto. Y a los feos, porque asustan”. “Eso, que se mueran todos los feos, como dice la canción, que no quede ninguno”, tararea el calvo. Y el del bigote vaticina la hecatombe: “Al final, todos los españoles en casa”. ¡Ay!Entonces España, ya no sería España.


DJ Justice, Harrison Ford y el autobús mágico de Central Park (II)

De cómo acabamos en la alfombra roja

La noche más rara del mundo comenzó oficialmente con aquel mensaje hacia la una del mediodía. Sería el primero de una larga serie. Tim nos dio una dirección y una hora. Fuimos hasta allí, cruzando Chinatown y curioseando entre anguilas y sapos vivos. Llegamos. “Ahora id a nosécuantitos street esquina nosécuál avenue”. Diligentes, obedecimos. “Caminad hasta la parada de metro tal. Allí preguntad e ir hasta esta calle”. De nuevo otro destino y otra vez a caminar. Creo que estuvimos cerca de dos horas andando y siguiendo el camino de baldosas amarillas de nuestro Mago de Oz. Sólo le faltó decirnos que preguntásemos por la dirección adecuada a la bruja de la costa este. Mientras tanto, el mago intercalaba mensajes más simpáticos. “¿Tenéis hambre?”, “¡Claro! (como para no tenerla después de hacer el Camino de Santiago en una mañana) Pero deja que te invitemos a comer por acogernos en tu casa”. Como respuesta Tim aseguraba que con un abrazo como saludo era más que suficiente. Y así seguimos un buen rato hasta que, como si tuviese estudiado el límite de paciencia de sus huéspedes, Tim decidió terminar la yincana.

Una especie de Mikel Jordan nos abrió la portezuela de su edificio. “¿Tim?”, pregunté. Él asintió y se lanzó a por nosotras. Tuvo que agacharse como doscientos metros para recibir los abrazos prometidos y estuvo con el culo en pompa colgado de mi cuello como doscientos años en medio de la calle.

La comida fue en un hindú. Tim nos preguntó la fecha de nuestros cumpleaños y dedujo así nuestros signos del zodiaco y nuestras personalidades. En resumidas cuentas y con distintas palabras, las dos éramos apasionadas, aventureras y nos gustaba aprender cosas nuevas. En fin, que el gurú, el Mago de Manhattan, el repartidor de abrazos y de amor, resultó ser un jeta. Como demostración, bastan dos cosas. La primera sucedió cuando íbamos en el coche hacia el estreno de Morning Glory. Haciendo acopio de todo lo estudiado, comencé a preguntarle por su vida. “¿Te has leído de verdad mi perfil, eh?”, preguntó. Y agregó: “Es importante conocerse un poco. Yo por eso siempre hago un test”. “Ah, pues a mi no me lo hiciste, pero puedes preguntar ahora”. “Bueno, básicamente lo que pregunto es si tienes novio”. Nos reímos. Qué gracioso, de verdad. Y todavía entre risas, eché un órdago: “Bueno, pues nosotras sí tenemos”. Se acabaron las risas. Tim se puso serio. “Entonces habéis suspendido”. La otra señal que demuestra lo que digo es el único libro que había en su habitación. Se titulaba algo así como La sexualidad según los signos del zodiaco. ¡Ja! Muy listo, Tim. O muy tonto, porque se te olvidó hacernos el test a tiempo. O quizá, muy solo. 

Al teatro Ziegfeld llegamos a las cinco de la tarde de aquel 7 de noviembre. Hacía un frío de mil demonios y teníamos que esperar en la cola porque nos habíamos equivocado de hora. La película empezaba a las siete. Los amigos de Tim llevaban allí haciendo tiempo por lo menos media hora más. Aquello, de premier con alfombra roja tenía más bien poco. Era una fila de gente pelada de frío comiéndose las palomitas antes de tiempo para pasar el rato y esperando a que abriesen la puerta del cine. Sí, seríamos los primeros en ver Morning Glory, pero a Irene y a mi eso nos importaba un comino. La película prometía poco y, aunque no le íbamos a hacer ascos a una entrada de cine gratis, lo cierto es que estábamos allí por Harrison Ford y Diane Keaton. Y por una alfombra roja que al parecer no íbamos a pisar. A Tim todo eso ya le daba igual. Se había tirado el rollo de disyei bien relacionado para impresionarnos. Pero ahora que creía que nuestras estrellas estaban alineadas para dar placer a unos novios abandonados en España, lo mismo le daba que pudiésemos ver a las otras estrellas, las hollywoodenses. Aun así, nosotras nos acercamos a la zona de prensa con los mismos alicientes que dos abuelos que se acercan a curiosear en una obra: teníamos tiempo y no costaba un duro. Mikel Jordan nos pisaba los talones. Llevaba una cámara Nikon colgando del cuello por si conseguía pillar algún retrato furtivo. Gracias a nosotras pudo disparar desde primera línea de fuego. Nada más llegar, una chica muy competente decidió que éramos prensa sin ni siquiera preguntar el medio para el que trabajábamos. Sólo ver una Nikon le pareció prueba suficiente. Nos colgó los pases y allí nos dejó.

De nuestro viaje frustrado en el autobús mágico

Dos horas más tarde empezaron a llegar los famosos y los fotógrafos, que habían aguantado la espera entre risas y compañerismo, se convirtieron en rottweilers sacando los dientes por conseguir un primer plano. Sólo les faltaba insultar a los actores. Cuando Diane Keaton, que llegó de las últimas, pasó de largo con un breve saludo, creí que se iban a lanzar a pegarla. Por suerte volvió sonriendo a los tres minutos mostrando que había sido una broma y posó largo y tendido. Ella rió a carcajadas con su ocurrencia. Los fotógrafos sólo sonrieron como pensando, más te vale no ir en serio. Yo creo que alguien le dijo a Diane que si quería seguir con vida mejor sonreír un poquito delante de las cámaras. Harrison Ford también se hizo esperar. Está viejito. Ya se ve en la película, pero al natural se nota más. Rachel McAdams (El diario de Noa), protagonista del film, apareció vestida de rubia explosiva, muy diferente a su personaje, en el que interpreta a una chica normal que trata de salvar un programa en peligro de extinción. Como en la historia de ficción, se podría decir que la película la salvan Diane y Harrison. El argumento es predecible y el humor simple, pero al menos estos dos actores consiguen que de verdad te rías con ellos.

Cuando el desfile estelar terminó, DJ Justice, Irene y yo nos dirigimos a la sala de cine. Tim había parado a comprar comida antes de llegar al teatro. Había sido inútil, porque dentro de la sala había palomitas y bebida gratis para los asistentes. Irene y yo acabamos sentadas al lado de una rubia guapa y aparentemente tonta que hace el papel de su vida en la película interpretando durante tres segundos y dos frases a una rubia guapa y aparentemente tonta. Su novio era también muy guapo, claro. Tanto, que le atribuí inteligencia y sensibilidad de inmediato. Estaba sentado junto a nosotras y fue muy atento. Sobre todo cuando terminó la película y la rubia se deshacía en sonrisas para con sus fans de la fila de atrás, que no paraban de darle la enhorabuena por el papel. Ella sólo decía cenquiú, pavoneándose mientras bloqueaba la salida. “No dejas pasar”, le sugirió su novio en un susurro. Al salir, le sonreí como una rubia tonta y dije: “Cenquiú”.

En la salida nos reencontramos de nuevo con el gurú, que estaba on fire y había conseguido la dirección de la fiesta postestreno. Era en Central Park. Como si no hubiese aprendido la lección con lo de las palomitas, insistió en comprar alcohol antes de ir. Le intentamos explicar que no pensábamos que Harri y compañía hiciesen botellón, que seguramente habría barra libre. No way. Aparcamos el cuatro latas junto al parque. No habíamos dado ni dos pasos cuando un autobús surgió de la nada para llevarnos a la fiesta. Se adentró en un Central Park que juro que nunca volví a encontrar cuando regresé de día. El local estaba escondido entre los árboles. El recinto era precioso y lo poco que pude ver fue a un montón de gente vestida de gala y unas lámparas que brillaban más que todas las luces del skyline nocturno de Manhattan. De fondo sonaba una música que recuerdo como jazz. Nos echaron nada más poner en el paraíso. Supongo que cuando los famosos empezasen a perder los papeles y no hubiese traje ni corbata que disimulara el desfase, no querían que hubiese cámaras para inmortalizarlo. Captado. Volvimos a casa y nos servimos unos cubatas de la botella comprada antes del intento frustrado. Al final resultó que Tim sí era un visionario. En fin, aquella noche dormimos en su sofá cama y él se fue de fiesta solo. Espero que, al menos, ligase.

No llevé mi cámara, así que aquí dejo lo poco que logré captar con el móvil. Aunque hay fotos mejores para los que estén interesados.

Rachel McAdams, protagonista de Morning Glory

Rachel McAdams, protagonista de Morning Glory, será la encargada de revitalizar un programa matinal que está perdiendo audiencia

Harrison Ford interpreta a un periodista veterano que accede a participar en un programa matinal de capa caída

Para ello contará con Harrison Ford, un periodista veterano que no se siente muy bien dando a la audiencia pan y circo para subir el share

 

Diane Keaton copresenta un programa con Harrison Ford, con el que protagonizará múltiples disputas

Diane Keaton copresentará el programa con Ford, con el que protagonizará múltiples disputas

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DJ Justice, Harrisond Ford y el autobús mágico de Central Park (I)

 

Fotrógrafos esperando a los actores de Morning Glory en el teatro Ziegfeld, Nueva York

Fotrógrafos esperando a los actores de Morning Glory en el teatro Ziegfeld, Nueva York

De cómo contacté con DJ Justice

DJ Justice proponía fiesta ininterrumpida en la capital del mundo. Lo encontré en la página de coach surfing (red social donde gente de todo el mundo ofrece y demanda un sofá donde dormir en cualquier rincón del planeta). Se había currado su perfil: fotos pinchando en la mesa de mezclas ante un auditorio joven y febril, fotos con diversas mujeres, fotos con copas en la mano, fotos con amigos. Los comentarios sobre él también eran alentadores: “Tim es una persona genial”. O bien, “Siempre está de buen humor”, o “Me enseño todas las cosas cool de la ciudad. Si quieres divertirte, no dudes en contactar con él”. Y así un largo etcétera. Todos positivos. Excepto uno.

Una chica comentaba que había estado a disgusto con el trato recibido. Me leí la discusión de cabo a rabo. Como conclusión extraje que DJ Justice entendía el coach surfing como una manera de conocer gente, y que ella era una desalmada que sólo buscaba una cama gratis donde dormir en Nueva York. Así que, sin pensármelo dos veces, me puse de parte de mi futuro anfitrión. Al fin y al cabo, de todos los mensajes enviados a través de la página, él era el único surfer de la City que había accedido a acogernos a mi y a mi amiga en su casa. No iba a poner pegas porque de cincuenta comentarios, uno fuese negativo. Y además, después de una semana entera viviendo en horario infantil con mi nueva hostfamily, la idea de fiesta eterna era apetecible. Y, qué c.j.n.s, andábamos peladas de dinero y necesitábamos un sitio donde dormir.

Eso sí, me estudié el perfil del rey de la noche como si me estuviese preparando para unas oposiciones, apuntando mentalmente sus gustos (party, party and party), de dónde era (Boston), a qué se dedicaba (DJ por la noche, diseñador gráfico por el día), edad (26), aficiones (fotografía y música). Al fin y al cabo, no quería repetir el error de la chica que había escrito aquel comentario, y acabar vagando como alma en pena a la intemperie en la fría noche neoyorkina. Y no contenta con eso, nada más pisar Nueva York y reunirme con Irene, le escribí para quedar lo antes posible y demostrar así que estaba interesada en él como persona, y no sólo como sofá. En mi defensa he de decir que acababa de instalarme en Armonk hacía menos de una semana y me esperaban dos extensos meses por delante. Así que de verdad me interesaba conocer gente nueva. En contra podría decirse que encontrar gente nueva me interesaba tanto que acabé buscándola por internet (puede parecer desesperado, yo lo llamo espíritu aventurero). Además, eso también puedo explicarlo: prueba a vivir en un pueblo residencial americano sin coche para salir de casa. Levántate todos los días a las siete de la mañana, come a las once y media, cena a las cinco de la tarde y vete a la cama hacia las nueve. En una semana te cuelgas del cuello del primer DJ Justice que pase por delante.

El caso es que la noche más rara del mundo empezó justo con aquel primer mensaje hacia la una del mediodía. Perdón, mejor dicho, el preludio de la historia de aquella noche había empezado a las cinco de la tarde anterior, cuando DJ Justice, o Tim, me escribió un mensaje comentándome que había sido invitado al estreno Morning Glory, la última de Harrison Ford. Con red carpet y todas esas cosas. Claro, como sus huéspedes, nos pedía que le acompañásemos. Faltaría más, hombre. Pues claro que sí. Encima de que nos acoges, colega, cómo te vamos a hacer el feo de no ir (yo estaba esos días de un detallista increíble), con lo que me gusta además a mi lo de la alfombra roja. “Y qué dices que hay que llevar puesto?”. “En la invitación pone que hay que ir normal, pero yo me pondré guapo para ir con vosotras dos ;) ”, contestó el disyoquei. Mi respuesta es para empezar a pegarme bofetadas y no parar: “Haha, parece que habrá que ir de compras mañana por la city”. En fin… A veces apesto. Y creo que ya han sido suficientes confesiones por hoy. La segunda parte de la historia y los robados del famoseo, mejor dejarlos para otro día.


El moderno más antiguo del mundo

Yuda Molk charlando en Calvert Street Northwest, Washington DC.
Juda Molk en Calvert Street Northwest, Washington DC.

 

Tengo la política de coger lo que puedo. Si puedo hasta aquí, pues eso cojo”. Mientras habla simula cortar con la mano derecha su brazo izquierdo, a la altura del codo. “Me llamo Juda, como ayuda en español, pero sin la a”, se presenta. Después, Juda se coloca las gafas sobre el puente de la nariz, empujándolas con el dedo corazón. Son de pasta, anchas, como esas que se han puesto de moda ahora que lo vintage es el último grito y que han tenido tal calado que ya proliferan los grupos en facebook sobre las lentes y los modernos. Sin embargo, apuesto una mano a que Juda ya las traía puestas cuando pisó por primera vez Estados Unidos, en 1964, recién llegado de Israel. Seguramente, a través las lentes semitintadas, observaba a sus alumnos en la American University de Washington DC. Apostaría mi mano si pudiese tener la certeza de que todo lo que Juda cuenta es verdad. O quizá no la apostaría ni en ese caso, porque Juda ya me ha advertido de que la cogerá si se la ofrezco. No hace falta que repita dos veces cuál es su filosofía de vida. Basta un rápido vistazo a su bicicleta de paseo oxidada para convencerse de que se agencia todo lo que encuentra. Botellas de plástico vacías, bolsas, cajas de galletas acabadas, vasos de cartón sin líquido. Sintiéndolo por los modernos, parece mediar poca distancia entre lo vintage y el síndrome de Diógenes. De hecho, no hace mucho leí en un famoso blog sobre tendencias la aguda teoría de que la moda es cíclica. Por ello, la fashionista nietzscheana aconsejaba no tirar las prendas fetiche de nuestro armario aunque fueran de otra temporada.

Juda ha cumplido a rajatabla la máxima de la conservación. Y eso que la moda se la trae al pairo. Según dice, tampoco le interesa la política, porque “apesta”. Ni la religión. “Sólo soy judío de etnia. La religión es bullshit. Tiene cosas buenas, como que hay que considerar al resto, pero luego sólo habla de cosas que hay que hacer”. Recoloca sus gafas y se reafirma en su postura: “Conozco el Corán, y dice que si matas a una persona, es como matar al resto y viceversa. ¿Cómo puede decir eso y luego estar a favor de la Yihad? ¿Cómo, entonces, oprimes a las mujeres?”. Pero a Juda ya no le gusta reflexionar demasiado y en seguida cambia de tema. Parece que agotó sus energías cuando era profesor de Matemáticas. “Los números son todo lógica, no hablan de las personas, de cómo funcionan las cosas de verdad. No pueden abarcar la democracia, por ejemplo, porque sólo hablan en términos generales. Los problemas matemáticos, el análisis, son cosas que hacía antes. Ya he crecido”, explica. Ahora, trabaja en un negocio de alquiler de apartamentos y habitaciones en Washington DC para ganarse la vida y se dedica al reciclaje casero como afición. Así, donde otros ven un bicicleta llena de basura, él ve posibilidades. Como un niño con zapatos nuevos. Como un moderno ante el armario de su abuela. “Toda mi vida me ha gustado arreglar cosas. Un paraguas, por ejemplo, aunque no lo necesite. De niño en Israel, ya vivía en una casa nueva hecha por mí. Y en el apartamento de aquí, puse toda la luz”, se jacta.

De Israel conserva los recuerdos, el hebreo y poco más. Se marchó de allí cuando era joven para recorrer el mundo y presume de haber visitado “143 países y todos los de habla hispana” y de chapurrear español. Aunque ha vuelto en varias ocasiones, sólo lo hace de visita. “¿Echas de menos Israel?”. Ladea la cabeza, dudando. “Aquí puedo escuchar la radio de allí, para saber qué pasa. Allí sólo me entero de lo de allí…­ -pone un gesto de fastidio-­ Aquí, en mi ordenador, puedo tener lo que quiera. ¡Por cierto, puedes encontrar mi música en youtube, me encantan las canciones!”, asegura mientras se contonea. “Mi cuerpo no se siente joven, pero yo sí”. Hasta hace poco, Juda también conservaba a una novia rusa que dejó en Israel. “Cuando me vine aquí la última vez hace unos cuatro años, nos mantuvimos en contacto por email. Luego ella vino a verme una semana y estuvo muy bien, pero es muy difícil. Al final, cuando estoy en la cama, estoy solo”, se lamenta.

“Apunta mi dirección de correo. judamolk, como ayuda, pero sin la a”. Tomo nota. Así podrá, dice, mandarme las canciones que ha escrito. “O para salir de fiesta un día”, sugiere, todavía siguiendo el ritmo de las canciones de youtube. Luego, para el balanceo sobre la bici y mira a mi amiga, sentada junto a mi frente al Starbucks. “Oye, esto se lo digo a ella, pero la misma pregunta es para ti, ¿quieres ser mi novia?”. Sonríe indiferente ante las negativas y se excusa: “Tengo la política de coger todo lo que puedo”.


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